Extranjeros en nuestra propia tierra Estamos a las puertas de la Semana Santa. Esa época del año en la que medio país empaca la hielera, monta a la familia en el carro y agarra rumbo a la costa para buscar un merecido descanso. Sin embargo, cualquier costarricense que haya ido a Guanacaste recientemente (o que esté llegando justo hoy) se va a topar con un trago amargo: el mar es de todos, pero llegar a él se ha convertido en un lujo, en un negocio o en un deporte extremo. Por ley, en Costa Rica las playas son públicas. Los primeros 50 metros desde la marea alta son inalienables. Pero en la práctica, estamos presenciando una privatización silenciosa y sistemática de nuestras costas. Ya no usan portones con candados porque saben que la gente los bota; ahora usan tácticas mucho más sofisticadas: el monopolio del acceso y la privatización por agotamiento. Playa Conchal y el la parada obligatoria en Brasilito Hace algunos años, podíamos llegar con relativa facilidad hasta los accesos cercan...

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