Desde hace cuatro meses me vine a vivir al campo.
Durante casi cuarenta años vivi en la ciudad de San José, en un barrio marginal, frente a una autopista.
El estrés que ya todo eso puede generar, más la cotidianidad de un trabajador del área financiera, pueden irse imaginando como tenía los nervios.
Ahora vivo en un pequeño pueblo ubicado a 60 kilómetros de la capital, con un tránsito vehicular casi nulo, ambientado por los grillos y el canto de las aves presentes en las dos Reservas Biológicas que quedan a escasos kilómetros de mi hogar, entre ellas las oropéndulas, los tucanes y el golpeteo de los pájaros carpinteros.
A este ambiente tan relajante mi esposa y yo le hemos agregado un ingrediente mas: nuestra huerta.
Somos testigos de lo saludable que resulta la jardinería. Mi esposa puede pasar horas sembrando “hijitos” de plantas que le han regalado. Que delicioso es cuidar nuestras matas de tomate, el olor del Tomillo húmedo, la frescura que da ver las lechugas sembradas, el olor de la tierra mojada (petricor) y claro está, esperamos con ansia consumir todo lo que estamos produciendo.
A esto se le llama Jardinoterapia, aunque no fue este nuestro objetivo inicial, nos hemos visto sumamente beneficiados de ella.
Pues les recomiendo inicarla, desde el rinconcito que tengan, ya se en un apartamento reutilizando botellas plasticas, cajas de madera, o los mas afortunados con sus patios, pero los minutos que podamos usar sembrando serán muy agradecidos por nuestro cuerpo.
“Una tarde de otoño subí a la sierra
y al sembrador, sembrando, miré risueño;
¡desde que existen hombres sobre la tierra
nunca se ha trabajado con tanto empeño!
Quise saber, curioso, lo que el demente
sembraba en la montaña sola y bravía;
el infeliz oyome benignamente
y me dijo con honda melancolía:
Siembro robles y pinos y sicomoros;
quiero llenar de frondas esta ladera,
quiero que otros disfruten de los tesoros
que darán estas plantas cuando yo muera”Marcos Rafael Blanco “Sembrando“
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